Don Diego de la Vega le dice a Bernardo, mientras cubre su rostro con el Negro antifaz,: «Vamos Bernardo, que tenemos que rescatar a la señorita Maria…» La imagen de Don Diego de la Vega, que ahora es el Zorro, y Bernardo me parecen tan nítidas y perfectas…Esto tiene que ser verdad porque El Zorro que recuerdo era un programa de televisión en blanco y negro. Y esto que estoy viendo es puro technicolor. ¿Pero será verdad? No, esto no puede ser cierto. Si tengo que ir a trabajar al INOS(1) en El Paraíso(2) leyendo medidores de agua no puedo estar en las calurosos valles de California mirando y admirando a Don Diego de la Vega y su fiel sirviente Bernardo. Hmm… ¿y si es verdad? ¿Y si siempre fui parte de esta película y nunca lo supe? Coño que dilema. ¿Y si estoy sonando? ¿Y si esto es una jugada mas de mi cabecita loca?Suspiro profundo. Necesito una estrategia para descifrar este acertijo. Bueno, ya tengo una idea. Antes de que Don Diego de la Vega salga a rescatar a la señorita Maria le abordaré y le diré quien soy. Si él me habla es que entonces esto no es un sueno. Bueno, y si me ignora…gran decepción, eso significa que esto era un sueño. Bueno, en el nombre de Dios, aquí voy…
-Don Diego, digo señor Zorro…-le digo con voz tímida, suave y pausada por si acaso un desplante viene en camino.-
-¿Si?, ¿dime buen hombre que os trae por aquí? -Me responde Don Diego de la Vega quien ya viste su Negro antifaz y se dispone a vestir su capa negra pero suspende la acción para voltearse y mirarme a los ojos. Creo que Don Diego o El Zorro esta de apuro y en verdad no lo quiero incomodar, entonces le digo: «Bueno usted quizás no sabe quien soy yo…yo soy…» Súbitamente Don Diego me interrumpe sonriendo y dice: «Pero claro que se quien eres tu. Por supuesto que sí. Siempre sales bien temprano en la mañana a trabajar al INOS en El Paraíso, ¿verdad?»
Me toma por sorpresa al decirme que me conoce. Me siento profundamente regocijado que este hombre, a quien he admirado por años me este hablando. Me parece mentira. Como puedo me recupero y trato de no mostrar sorpresa. Sin embargo, siento un ligero tensionamiento en mi vejiga…coño lo que faltaba, tengo ganas de ir a orinar. Ahora sí me jodí. Si no consigo un baño y me orino en la cama esta vaina definitivamente es un sueño. Si consigo un baño quizás es real. Las ganas de orinar son fuertes. No creo que pueda aguantar. Con pena le digo a Don Diego: «Sabe, me da mucha pena, pero necesito ir a hacer algo…ya regreso… ¿Me puede esperar?»
Don Diego desconcertado mira a Bernardo suelta una carcajada y dice:
-Pero claro hombre, ve con confianza y si cuando regreses ya no estoy aquí pues no hay problema. Ya sabes donde encontrarme, verdad Bernardo? -remata diciendo y mirando a su fiel compañero.
-Si claro. Por supuesto que se donde encontrarle y claro pues claro que le buscare para que hablemos mas…-es lo único que alcance a decir, pretendiendo que sabia lo que en realidad no tenia ni la menor idea.. Pero ¿A donde lo iba a buscar si ni siquiera sabia donde estaba?
Las ganas de orinar son fuertes y recibo comandos de mi cerebro: esto puede ser una emergencia. Salgo de la habitación, dejo a Don Diego y Bernardo atrás, camino por un obscuro pasillo un poco desorientado, tratando de adivinar donde estoy y para colmo no consigo el baño…coño es un sueño. Aquí no hay baño. No hay nada. Otra vez me lo volví a soñar todito. Que arrechera. Tan bien que iba mi sueño cuando me tomaron por asalto las ganas de orinar.
Siento mis pies congelados. La cobija abriga bien, pero no me cubre los pies. Acomodo la cobija y trato de cubrir mis pies tratando de evitar lo inevitable: Es hora de levantarse. El reloj suena imparable e impertinente. Es una conspiración. Las ganas de orinar, mis pies congelados, y el maldito reloj sonando que para colmo se acaba de caer de la mesita de noche y no lo puedo alcanzar para apagar la alarma. El mundo se confabula en mi contra.
Atrás queda el agradable calor de los valles de California para dar paso a la fría madrugada Caraqueña. Pacheco(3) no perdona por esta época del año. Don Diego vestido de El Zorro y su fiel Bernardo se diluyen en el éter de mi memoria. Concentro energías para el gran asalto. Muevo los dedos de mis pies. Muevo mis piernas. Abro y cierro mis manos. Respiro profundo. Aprieto mis ojos y finalmente los abro. Me volteo hacia el piso y el reloj dice que son las 4 y 37 minutos de la mañana. Me levanto de la cama y camino hacia el baño para emprender mi ritual de higiene matutino. Afuera ya se comienzan a escuchar el sonido de los carros y los autobuses.
Otro día más. Otra mañana más. Mientras me cepillo los dientes pienso en Don Diego de la Vega y su mundo. No se si su mundo es mejor que el mío o el mío es mejor que el de el. Solo sé que ambos tenemos que librar aventuras todos los días. Me pregunto si Don Diego de la Vega se cepilla los dientes con cepillo y Colgate como lo hago yo cada mañana. Levanto mis ojos y me miro en el espejo. La espuma de la crema de dientes que trasciende los limites de mi boca me hacen pensar que seguramente Don Diego utiliza unas semillitas de cardamomo para refrescar su aliento. Porque que va, esa espuma en la cara no luce nada sexy.
De pronto siento que Don Diego, vistiendo su antifaz Negro de El Zorro, esta ahí mismo conmigo, con su picara sonrisa. No lo veo, pero siento su presencia. Me siento enérgico y dinámico como en mis veintes. Súbitamente saco el cepillo de dientes de mi boca, lo empuño como si fuese una espada y lo apunto hacia el espejo en posición perfecta de esgrima. Avanzo y ataco con mi espumante espada. No resisto las ganas y remato mi ataque marcando la Z en el espejo con mi improvisada espada. La blanca y espumante Z que al principio luce impecable se desdibuja escurriéndose hacia la esquina derecha del espejo.
Levanto mi improvisada espada y a la luz de un bombillo de 60 vatios examino su punta con atención. Con reverencia la tomo entre mis dos manos inclino mi cabeza en señal de respeto a ese mágico palito de plástico que me permite conectar mi mundo con el de Don Diego de la Vega cada mañana.
Notas:
(1) Empresa ya desaparecida que en Venezuela administraba el servicio de agua potable.
(2) Vencindario ubicado al oeste de Caracas, Venezuela.
(3) Expresion popular venezolana que identifica el frio de Diciembre.
